domingo, 6 de mayo de 2018

Mi experiencia con la evaluación

Uno de mis maestros me decía “dime cómo evalúas y te diré como enseñas”, y, desde luego, tenía razón. 
Si el examen que le vamos a hacer a nuestro alumnado consiste en una serie de preguntas teóricas que tienen que reproducir tal y como se las hemos enseñado, nuestra enseñanza estará orientada a que aprendan las respuestas; tal vez les motivaremos para que su aprendizaje resulte más sencillo, pero, en el fondo, buscaremos una estructura repetitiva. 

Ahora bien, si nuestro objetivo es que aprendan a hacer algo, a ver en la vida real, pongo por caso, o en un texto de la vida real (soy de lengua) su estructura y sus componentes, para poder utilizarlo cuando tengan necesidad, nuestra enseñanza será práctica, llena de contenido y de sentido para el alumnado. 


Personalmente, procuro la segunda opción. Incluso en las clases de literatura me gusta que ellos lean un texto y sepan ver las características que lo definen para saber su época, su corriente, a veces su autor. Pero me encuentro con que esta manera de evaluar a los alumnos nos les gusta nada. 

Primero, porque es más difícil. Aplicar en la práctica elementos teóricos requiere conocerlos bien, estar seguro, haber hecho los ejercicios propuestos en clase. No vale el atracón del último día, o la chuleta, memorizada o no. Además, en muchas ocasiones, les plantea la duda de qué estudiar. No están habituados a tomar notas, a saber qué es lo importante, qué es lo que entra. Mi objetivo con todo esto es que aprendan mi materia y también que aprendan a estudiar, a aprender, a ser autónomos con su aprendizaje. Breves indicaciones que se van sumando a lo largo del curso dan un resultado bastante satisfactorio al final. 

En este sentido, la coordinación del profesorado y el portfolio del alumno serían de gran ayuda. La coordinación del profesorado porque, aunque me consta que muchos de mis compañeros y compañeras trabajan con el mismo objetivo que yo, no todos lo hacemos de la misma forma, y el alumnado intenta acomodarse al “librillo” de cada “maestrillo”. Si tuviésemos una manera más similar de funcionar, nuestro alumnado estaría más habituado. 

Por último, el portfolio de los alumnos, y no solo en el aprendizaje de lenguas, aunque este sea el más extendido, les ayuda a desarrollar sus competencias de autoaprendizaje, de iniciativa, y puede hacer de ellos y ellas ciudadanos autónomos.

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